Después del jet lag

Antes del jet lag no hay rutina, las horas les pertenecen a varios días, los cálculos se hacen en dos horarios y la atención disminuye, los párpados siempre pesan. Pero así viven muchos a diario, pienso. Acomodar el cuerpo a otras horas de luz para no conciliar el sueño apenas de madrugada, comer cereales y legumbres a la hora del desayuno y no tener notificaciones hasta la media tarde porque todos en tu huso horario envidias a quienes duermen; uno quiere, pero no debería, no puede, para finalmente abrirse el espacio en la agenda de otra parte.

Charles de Gaulle

Cuando, unos días después, ya no me engañan las ganas de salir, que al principio me dejan tirada por desgracia en calles poco interesantes de la ciudad que sea, puedo dejar de fantasear con escribir ciertas cosas y hacerlo, como escribo ahora, desde una esquina de la Potsdamer Platz, en un café en el que pagué nueve mil pesos por un té corriente de hierbabuena servido en un vaso de vidrio grande.

Estoy en el local bajo de uno de los edificios más altos de Berlín, intento trabajar. Un amigo me invitó en invierno a la terraza de su oficina, aquí mismo, en el piso treinta. Llegué tarde para ver la puesta de sol, pero hacia todos lados se distinguían todavía las formas delatoras de una división histórica, en una ciudad en la que todavía la gente cuenta si se crió en el este o en el oeste. No, no es que tenga mucho éxito, adaptada o no la mente. En vez de seguir intentando, prefiero distraerme con las niñas coreanas que interrumpen la tarde quieta en el café, o con los articulados amarillos que andan por la avenida que lleva el mismo nombre que la plaza. El nuevo centro de Berlín, que ya con este son tres. Con Kurfürstendamm en el oeste y Alexanderplatz en la parte que ocupó la Unión Soviética, esta plaza es el otro centro, el centro de la unificación, donde hace mucho tiempo se instaló el primer semáforo de esta capital.

A un kilómetro están la Puerta de Brandeburgo y la calle Unter den Linden. Sé que es cerca de un cruce con la Friedrichstraße, cerca de la librería Dussmann. Así pienso en encontrar otra vez ese sitio de hamburguesas veganas que me hizo el día llegando desde la Isla de los Museos, un jueves de inicios de abril que recordaré porque vi en el Neues Museum el mítico busto de Nefertiti.

Puede ser ingenuo pero se me aguaron los ojos entrando a la sala oscura y vigilada en la que el perfil de la reina. Me conmovieron su color, sus facciones delgadas y simétricas, su tamaño y su detalle en las vértebras cervicales. Sentí como si algo del mundo me hiciera partícipe de su invención de la belleza, en esa tarde lluviosa, mientras miraba una escultura bizca que solo hacía parte de mi imaginario de Humanidad desde las páginas de mis enciclopedias. Volveré. Por la hamburguesa y por la vista del busto.

Escuché por primera vez en vivo a la Berliner Philarmonie ese mismo día. No lo olvidaré ni por el hermoso edificio, entre el Reichstag y el Tiergarten, ni por la delicada interpretación de la Sinfonía no. 5 de Tchaikovsky. Fue un debut para el entonces aún director invitado de la orquesta filarmónica, Kirill Petrenko, un tipo joven que este verano asume formalmente la función. La primera interpretación será de la Sinfonía no. 9 de Beethoven. Cuando lo supe ya estaban agotadas las entradas, aunque mejor plan que verla y escucharla en la Philarmonie, será estar al día siguiente, cuando, al aire libre, en la Brandenburger Tor, los músicos ofrecerán la misma obra, con todo y coro. Es romántico: la orquesta, la más conmovedora, sensible y poderosa obra del de Viena; el corazón de Berlín, la cuádriga dorada, el aniversario de la unificación; y el director nuevo, ofreciendo un concierto abierto de verano.

No sé, siempre tuve una debilidad por esas cosas de la mal llamada alta cultura. Quizá porque las veía distantes, no en el mundo físico, sino en el mundo virtual; esas viñetas de la cultura europea, esos clásicos universales que toda persona corriente debería ser capaz de citar, podían ser la técnica para no enroscarme en la estrechez de un pueblo enclavado en sí mismo, un antídoto contra la isleñidad (que no llamaré insularidad, porque eso es otra cosa). De otro lado, quizá solo me gusten porque son bellas.

Hace unos dos años hubiera dicho, con tono imperturbable, que me habitaban esas viñetas porque mi óptica es la de la periferia. Diría esa versión mía que Berlín o Londres o París resultarían interesantes por ser metrópolis, por ser cuñas del pensamiento de la modernidad; porque el currículo educativo que tuve que tragarme y los paradigmas de todos mis espacios, fueron pensados desde aquí primero.

Es un jet lag fuerte. En realidad, aquí es tan interesante como el Caribe. Eso es. Debo superar los debates binarios entre la colonia y la metrópoli, superar la diferencia desde la era de la tecnología y decir, por qué no, que lo que me interesa de esas muestras romantizadoras de la vida europea es, simplemente, que motivan una experiencia diferente de mí misma. Puedo decir que liberan, tanto como lo hizo regresar de México al Caribe, tanto como fue salir de una isla hacia la Cordillera Central, hacia sus paisajes.

Todo viene con la rutina; dormir y escribir en estas largas horas de luz. No. Nada viene con la rutina. Debo salir, escribir desde los cafés, distraerme con ejecutivos japoneses que gritan por el teléfono hacia otro huso horario, con una nigeriana que me aborda y me pregunta en alemán si vengo de Brasil.. Debo distraerme, no dormir.

Sobre Los cristales de la sal

Desde abril están allá afuera Los cristales de la sal, mi primera novela y con esta sección quiero mantener un registro compartido de cómo han sido sus primeros meses, en los que la novela tiene sus propios caminos y en los que yo me encuentro en el proceso de soltar ese relato. Comenzaré por eso, que es lo que se me ocurre ahora cada noche, y a primera hora en la mañana.

Mucho y muy bello se ha escrito ya sobre publicar. Antes de que yo soñara con eso, con tener una agenda de varios meses de presentaciones y recibir uno que otro mensaje de parte de lectores, sentí una desazón honda, un fastidio, pero también una liberación. Una muerte pequeña, con sus duelos y sus placeres. Era mayo del 2018 y yo pensaba que había terminado un manuscrito de novela, que había dejado el alma en una ficción que contenía todo lo que me quitaba el aliento y que fui capaz de articular entonces, con el tiempo que tenía. La vida me puso dos fechas límite: el cierre de la convocatoria para el Premio Elisa Mújica, y la agonía de mi abuela materna.

La realidad es que no lo había terminado, habría que hacerle algunos ajustes para que estuviera listo, debía pasar por los ojos de mi editora, Salomé Cohen, por la corrección de estilo y por varias miradas más. Pero yo tenía que mantener mi palabra, había prometido en Barranquilla, en la sobriedad del jueves después de Carnaval, participar en esa convocatoria como mejor pudiera, así que en Los cristales de la sal se vertieron a manotazos mis dudas y mis angustias, que resultan quizá hiladas de forma diferente, pero que no son muy lejanas a las de cualquier otro sanandresano o providenciano.

De esa promesa sagrada nació luego el premio, siete meses después, una cosa que ha cambiado mi vida. Suena cursi, pero no lo es: esas situaciones que “cambian la vida” son las que la proyectan, las que encausan el juego de roles con un propósito de servicio. Y ser sanandresana siempre ha sido para mí, a veces sin saberlo, motivo de lágrimas y de soledad, ser nativa de ese paisaje que engaña a la razón es una encrucijada, una tragedia en sí misma. Siempre habrá que escoger entre abandonar el nacimiento de la belleza y quedarse a atestiguar su agonía, perplejos, como testigos con bozal y maniatados.

Eso quería cuando escribía en esos días y noches de abril y de mayo, que alguien sintiera el desespero y la llenura de una isleña, que se entendieran los excesos a los que nos abocamos, que se entendiera lo mucho que aborrecemos la realidad que nos tragó dormidos. Por eso publicar ha sido valioso, quizás en el futuro pueda dejar de escribir de esos tantos dramas nuestros, quizá pueda convertirme en una escritora de otra voz, o simplemente transformar mis motivos caribeños en motivos universales, tocando los dilemas esenciales de la experiencia humana. Por ahora, sin embargo, mi ambición era soltar esa obsesión, esa repetidera en la que incurría en las columnas de opinión que escribía, el concierto de quejas al volver, al quedarse y al largarse, la romantización de las luchas y la esperanza perdida.

A pesar del breve duelo y del breve placer, no creo por mucho que haya superado aún ese momento, el momento de Los cristales de la sal. Esa es una historia llena de realidad y de magia, también, porque a veces sigue siendo la magia lo que nos permite respirar hondo y encontrar luz. Porque, a pesar de que es una novela que peca de exceso, que tiene muchísimos motivos, me pulsan todavía muchos de sus planteamientos. Dentro de mis proyectos por venir, hay un conjunto de relatos sobre algunos personajes o situaciones que viven en las páginas de la novela y que me ayudarán a seguir soltando la confusión, a gritar más bello, a seguir hablando, desde otras voces, de la isla que me obsesiona.