Mañas de vivos y muertos

¿Quién llevará la cuenta cuando sea imposible nombrarlos? Miraremos hacia atrás, diremos que este fue uno de esos momentos, en los que tuvimos la clase de espíritu como para fingir normalidad, mientras nos acosan los fantasmas. La tiranía de lo normal, unos barrotes invisibles, la legitimación de los ciclos más primitivos, su aceptación como verdad. –Así es aquí– dicen. Callan. No es la primera vez –lloran–. Así es. Callan.

Desde que el Edén no existe, el miedo y la costumbre cobran muertos, en todos los idiomas, en cualquier esquina de este mundo. Se entienden bien el miedo y la costumbre. En algunas partes se controlan mejor esos vicios, aquí esta noche dormiremos con doble seguro en la puerta, no asomaremos por la persiana si se escuchan más balas. Escucharemos una melodía triste mientras hasta la lluvia cae con pereza, y evita reventarse muy duro contra todo. Tal vez habrá un susurro interior, que nos repita “calma” en la tensión.

La costumbre siempre se alimenta, es la maña. A un juez se le preguntaría si olvidó que la costumbre solo reina cuando no hay leyes. Esperaríamos que la ley doblegara a lo que ya se ha convertido en manía, en un estado de excepción permanente. No hay dientes para rasgar el cuero endurecido de la maña. Calma, entonces, que todavía las balas no van hacia nuestra ventana.

Debemos ver el problema de esta ola de violencia en perspectiva, nos separamos de él. Observamos. Movemos la mirada de un lado a otro, y analizamos. Los vecinos se culpan entre sí, de haber sido quien dejó entrar a los chicos malos. Hay que preguntarse no por quién, sino por qué hay tantos enfermos de rabia, de cualquier apellido y en cualquier casa, por qué antes era a puño, y fundamentalmente por qué nunca ha podido ser con ideas, el secreto a voces para la vida eterna.

Qué terrible es la corrupción, y el machismo, pero qué dicha ir en un yate tal vez comprado con dineros públicos; y qué tipo tan divertido que es, cuando bromea sobre el pecho de una mujer mientras le ofrece un trago. Qué terrible es la violencia, pero el marido que alza la mano contra su mujer, no lo piensa. Esa costumbre, de señalar hacia otro lado. La doble moral son los barrotes de lo normal, sobre todo cuando la integridad es un valor que se emplea para el disimulo, y la coherencia es una cualidad desconocida.

Sigue estirándose la banda de lo que así es, hasta que se reviente de una vez por todas, y la represión y el miedo, parezcan falsamente la última alternativa plausible. Cuidado.

–Así fue en los 80’s– dicen.

Normal. En un tiempo veremos hacia atrás recorriendo el desgaste de la normalidad.

–Así fue en los 2000– dicen.

–Así fue en…– seguiría el dictado de la costumbre.

No conviene alimentar la maña. En este punto solo los que duermen en vida descansan tranquilos, dejando en la Historia la marca inconsciente de su tiempo. Lo de ahora es la tormenta antes de la calma, ¿será una calma en tensión dentro de otro tanto? No es tiempo de llorar por el paraíso, hay que retirarse de los lastres de la costumbre, y empezar a confiar en asumir los cambios. Hay que detenerse y pensar. Asomarse. ¿De qué forma yo he halado el gatillo? ¿Acaso soy yo el fantasma? Peace out.

Publicado en Elisleño.com (21 de octubre de 2017).