Actos de fe


Hace dos años que volví a San Andrés. En un intermedio, regresé al país en el que vivía, para empacar, feliz de que regresaría al Caribe impredecible, caótico, familiar, sorprendente. Me encontré hace poco con un amigo europeo, alguien que vive según horarios y esquemas, planes, previsiones. Aquí ni las del clima aciertan. Le dije que en el país del realismo mágico, la vida es un acto de fe.

Por eso, a veces me cala perfectamente el Archipiélago dentro del mapa. Por eso, por el realismo mágico. Porque Colombia es un país en el que la realidad desafía los límites de la razón y de la lógica, en el que las atroces desigualdades pulsan en cada esquina, en el que los accidentes pierden esa categoría en el instante en el que ocurren, porque hacerlos más predecibles es imposible.

El año pasado cuando Otto nos respiró en la nuca, fui a última hora al supermercado a comprar baterías y velas. Caía un aguacero, había ventiscas que dificultaban el paseo en bicicleta. De los empleados presentes, ninguno estaba siquiera nervioso. Estaban en la convicción de que nada pasaría, “como siempre”. Otto se fue y destrozó la costa nicaragüense. Este año fue Harvey, el acabador inacabable, que nos amenazó más poquito y se fue de estos lados con la furia.

Hace unos meses nos dijeron que traerían unas plantas desalinizadoras, que solucionarían el problema del agua potable en buena medida. Hace unos años, dicen, nos dijeron que traerían una planta incineradora de residuos sólidos, que solucionaría en buena medida el problema de la disposición final, y en parte el de la generación de energía eléctrica. Hace unos años nos dijeron que habría un plan que invertiría 70 millones de dólares en proyectos para beneficio general de la comunidad.

En Colombia nunca llega el bus a la hora que es, nunca sale a la hora que es. Toda la semana pasada los vuelos estuvieron atrasados por revisiones de seguridad del esquema del Papa Francisco. Veinte minutos colombianos pueden estar sumados a otra cifra, multiplicados, y a veces sustraídos completamente de la agenda del comprometido. Uno hace una cita y la cambia, y se presentan cosas, lo previsto cambia. Es sin duda la flexibilidad una cualidad indispensable para la supervivencia, para la buena salud, si uno quiere vivir Colombia. Y vivir Caribe.

Hace un tiempo nos dijeron que no compareceríamos en la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Luego, equipos enteros de trabajo se movilizaron en pro de la composición de los argumentos de la defensa colombiana. Pero no se ha anunciado debidamente la comparecencia. La semana pasada vino aquí un ex-presidente, diciendo que él apoya la no comparecencia, la misma que dejaría al pueblo étnico raizal, sus derechos territoriales, su reconocimiento histórico, la carta fuerte de Colombia, por fuera del juego del litigio.

Ayer se volcó una mulita dejando a dos almas del otro lado, y a tres personas heridas. Este año las muertes en la vía no han bajado, y en el mar tampoco. Hay muchas partidas que lamentar. Dijeron que la salud estaba ya garantizada, que el hospital funcionaría a toda y con toda, y ahora las sombras sobre las reglas del juego vuelven y asoman. Uno cierra los ojos y confía, en que nunca el ruido de las sirenas se acerque a un ser querido.

Todo es un acto de fe. Cerrar los ojos y confiar, en que el agua es apta para el consumo humano, en que el mar no esté tan contaminado, en que los equipos robados no comprometan seriamente la seguridad aérea, en que los teléfonos no estén chuzados, en que el vecino no te robe, en que al parir los hijos no haya un ajuste de cuentas en la sala de urgencias, en que el Estado aparezca montando un corcel blanco. ¿Qué hay que hacer para que por la fe no perdamos la razón? Peace out.

Publicado en Elisleño.com (4 de septiembre de 2017).