Opinión

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Por los rechazos

Sound Bay se inquietó. Un hombre alegaba su derecho de correr su cuatrimoto hasta a unos sesenta kilómetros por hora, justo a orillas del Mar. Todavía después de su espectáculo yo me asombraba, ese día todos los dioses bailaban en el paisaje, incluso en la dolorosa imagen de otro joven isleño levantando un arpón hacia el pecho de un turista extranjero que reclamaba.

La playa se le acercó entera al grupo de hombre y hombrecitos tristes. La rabia atrevida se asomaba en sus ojos. ¿Cómo le vas a pegar a un turista así, brother? –le dije. Agradece que no fue una bala. El hombre alto de apariencia fuerte, de reloj nuevo y de dentadura perfecta, tenía el derecho de hacer trompos, de acelerar para elevar el ruido de su motor, tremenda nave. En el corazón sentí una cosa como el golpe contundente que uno de sus guardiancitos le propinó en la cabeza a un dominicano con un remo. (Continúa)

Mañas de vivos y muertos

¿Quién llevará la cuenta cuando sea imposible nombrarlos? Miraremos hacia atrás, diremos que este fue uno de esos momentos, en los que tuvimos la clase de espíritu como para fingir normalidad, mientras nos acosan los fantasmas. La tiranía de lo normal, unos barrotes invisibles, la legitimación de los ciclos más primitivos, su aceptación como verdad. –Así es aquí– dicen. Callan. No es la primera vez –lloran–. Así es. Callan.

Desde que el Edén no existe, el miedo y la costumbre cobran muertos, en todos los idiomas, en cualquier esquina de este mundo. Se entienden bien el miedo y la costumbre. En algunas partes se controlan mejor esos vicios, aquí esta noche dormiremos con doble seguro en la puerta, no asomaremos por la persiana si se escuchan más balas. Escucharemos una melodía triste mientras hasta la lluvia cae con pereza, y evita reventarse muy duro contra todo. Tal vez habrá un susurro interior, que nos repita “calma” en la tensión.

La costumbre siempre se alimenta, es la maña. A un juez se le preguntaría si olvidó que la costumbre solo reina cuando no hay leyes. (Continúa)

Actos de fe

Hace dos años que volví a San Andrés. En un intermedio, regresé al país en el que vivía, para empacar, feliz de que regresaría al Caribe impredecible, caótico, familiar, sorprendente. Me encontré hace poco con un amigo europeo, alguien que vive según horarios y esquemas, planes, previsiones. Aquí ni las del clima aciertan. Le dije que en el país del realismo mágico, la vida es un acto de fe.

Por eso, a veces me cala perfectamente el Archipiélago dentro del mapa. Por eso, por el realismo mágico. Porque Colombia es un país en el que la realidad desafía los límites de la razón y de la lógica, en el que las atroces desigualdades pulsan en cada esquina, en el que los accidentes pierden esa categoría en el instante en el que ocurren, porque hacerlos más predecibles es imposible.

El año pasado cuando Otto nos respiró en la nuca, fui a última hora al supermercado a comprar baterías y velas. Caía un aguacero, había ventiscas que dificultaban el paseo en bicicleta. De los empleados presentes, ninguno estaba siquiera nervioso. Estaban en la convicción de que nada pasaría, “como siempre”. Otto se fue y destrozó la costa nicaragüense. Este año fue Harvey, el acabador inacabable, que nos amenazó más poquito, pero se fue de estos lados con la furia. (Continúa)