Un borracho, la barracuda y el diablo

UN BORRACHO, LA BARRACUDA, Y EL DIABLO

Alguno de esos visitantes seguro tomó demasiado. Seguro iba en uno de esos grupos de turistas que visten ropas fosforescentes, será para no perderse, las mujeres con cangas en el cabello y los hombres con gorras de algún club de fútbol en particular, verde, rojo, azul, da igual. Todavía no se usaba la moda de las camisetas impresas con los apellidos de la familia. Llegaron al Cañón de Morgan ya desaparecido. Se reabastecieron en alguno de los almacenes de por ahí. Increíble, la cerveza de a litro es más barata que el agua, increíble, hermano, hágale, cómprese dos para destapar ahorita, hay que pasar este whisky… 

El tour era errático. Tal vez hicieron un hueco, una y otra vez por las mismas calles, viendo a ver qué otros dulces podían empacarse. La cerveza, vuelta a vuelta, parecía menos y menos cara. Ya la niña del almacén los miraba de reojo. En una de esas la hinchazón de los pies, y de la cabeza, los llevó a detenerse en la estatua de un pez. No, hermano, no es un tiburón. ¿Dónde dice lo que es, por qué está aquí…? Se parece al pescado grande que casi mata al papá de Nemo en la película. El mareo de la cerveza polaca con más de siete grados de alcohol, la efervescencia entre los gritos de los amigos, Juanita que se ve más buena que nunca, seguramente esta noche en la playa por fin se va a atrever a llegarle. En la oficina el traje lo cohíbe, la corbata le aprieta, las palabras no salen. ¿Qué hago para que Juanita me vea? Carajo. Soy el alma de la fiesta. Me lo imagino a esta víctima del sistema decidiendo su curso de acción, en un momento de elección imperceptible y muy difícil de ubicar, entre el instante en el que estaban unos sentados y otros de pie alrededor del pescado, ya mueco así que ni modo de arrancarle un diente más, y la recreación caribeña de la acción de montar. Montarlo. Parce, ayúdeme…

En la lucha contra la bestia horrenda las porras le decían que aguantara, en el calor del duelo se quitó la camiseta para usarla como fuste, su equipo de cómplices mareaba al pescado para aumentar el reto, Juanita miraba, la escena se adornó de la precipitación de la grasa abdominal del personaje al agitar el brazo. Su entrepierna dolía. Ninguno de los dos pudo más, ni él mostrar su hombría por encima de su estupidez, ni la Barracuda aguantar tantos abusos. Me rindo, dijo. El grupo evadió la escena tan rápido como pudieron entre los tropiezos de la prenda. Nadie había visto nada. Abajo, sin romperse en pedazos, pero mamada, La Barracuda claudicó.

En realidad no he podido recoger mejores detalles sobre el incidente que los que me brinda la imaginación. Si el protagonista está leyendo, le pido que me perdone. No puedo más que fantasear ante una de estas grandes ironías de la vida. Me cuesta pensar en qué otra cosa aparte de encender la creatividad, puede generar que un divorcio tan grande, como el de la comunidad nativa y la horda insensata de visitantes ignorantes, haya terminado finalmente por convertirse en un florero de Llorente. La gota que rebasó la copa fue el acuerdo verbal que se hizo entre la Gobernación y el vocero de parte de la causa raizal.

Tremendo pensar que un turista inocente haya desempotrado un monumento que representaba una zona y una parte de la historia de la isla de San Andrés, y el reto para la conciliación ahora sea que ese lugar debe destinarse a la generación de una memoria diferente. Que no se me malentienda. Defiendo pasionalmente la representación de la memoria de las diferentes comunidades que integran los habitantes de mi querida isla, pero descalifico desde mi derecho de hacerlo, por ser nacida y tener arraigo generacional, cultural y emocional, con esta tierra, que ese derecho se reclame con base en argumentos excluyentes y estáticos.

Tan sencillo como decir que un monumento de un pez es un símbolo que atenta contra las instituciones religiosas y la estructura de las creencias del pueblo nativo. Es una posición respetable, admisible porque todas las posiciones y opiniones lo son, pero esta, que es una oportunidad para abrir un debate más grande sobre la ausencia de símbolos de la historia propia de esta tierra, se ha enajenado en la voz de la radicalización y la exclusión.

Pesar, solamente, queda tras la triste historia de otro burdo visitante. Nadie le dijo ni siquiera cuál era la historia del tal pescado. La imagen de un intendente foráneo, el último, Simón González, paisa, el primer gobernador elegido popularmente en el Archipiélago, reposa en el símbolo del mundo que él creó a partir de un poema, y de La Barracuda, de los ojos verdes y las lágrimas azules, que reinaba el Mar de los Siete Colores. Ahora, que Simón era un brujo, y que por eso el aeropuerto de la isla hermana se llamó El Embrujo. ¡Por Alá! Si es que bajarse de la avioneta es perder el aliento ante una belleza exagerada. Dar una mirada de tres sesenta es perder el norte de la vida propia y querer dejarlo todo, para siempre en la atrapante Providencia.

Este asunto no me deja dormir. Pienso en que el infeliz turista le dio una opción al pueblo raizal de abrir un debate necesario. Pienso que el pueblo raizal tiene que defender sus símbolos y presionar para que esos símbolos sean representados. Es un mensaje muy peligroso de radicalización y de exclusión, defender dicho ejercicio que todo pueblo requiere, desde algún discurso que incluya al diablo. El diablo en sí mismo es excluyente, y además muy poca gente se acuerda de él. A las tres de la mañana sigo sin poder dormir. Pienso en el providenciano Francis Newball.

Me recreo en esos tiempos de 1900 cuando Newball era representante a la Asamblea de Bolívar, y en todas las labores que tuvo que hacer para gestionar la creación de la Intendencia Nacional, en las presiones de ser un activista en esa época y en este lugar. Newball es un héroe de nuestra historia. Todos, hasta los que aman La Barracuda, y aun los que no entienden la polémica que hoy congrega a muchas personas a rezar para la rendición de esta imagen del demonio, convivimos bajo este cielo con la responsabilidad de crear una identidad como sanandresanos. Pero con el diablo en medio no se puede. Al fin me duermo. La Luna creciente se asoma por mi ventana. Nos cubre el mismo cielo, la misma condena.