Islacontinente

This is the excerpt for your very first post.

Soy de esa isla y en esa isla caemos en el engaño de confiar en la geografía como determinante del tamaño, de las posibilidades. Pero un sitio de nacimiento y todo lo que contiene no es un cruce de coordenadas. Así, plana y fría, esa isla es pequeña y simple, es aburrida y limitada. Es igual lo que le pasa al continente, ese recipiente en el que cabe todo pero que cambia de contenido de un sujeto a otro; parece inabarcable y sus dolores y sus protagonistas y sus circunstancias son innumerables.

Escribo pensando en los instintos y en sus dictados y en los dictados del contexto. Escribo y pienso que no somos tan pequeños como nos vemos.

Pienso en estas cosas recordando a un joven de dieciséis años que le disparó en la cabeza a una completa desconocida. Era el fogón del mediodía en una calle bullosa en el centro de San Andrés, en la Punta Norte de una isla que se divide entre colores y ascendencias, en una isla en la que el pasado es una cita constante del presente, una credencial, un pase de validación.

Escuchar el disparo, escuchar los gritos. Correr y luego detenerse. Su objetivo no era escapar. Era hablar y tirar la plena, era mostrarnos una cara externa del dolor que nos habita. Eso fue, le dijo al agente de la cuestionada autoridad: quería que supieran que yo tengo existo y que dispongo de mi voluntad. Quería demostrar que podía, que no es mucho para mí decidir, hacer un movimiento con el índice, causar miedo, ver la sangre.

El único móvil del joven era venir de un barrio olvidado, lamento yo mientras lo describo a él con sus ojos esquivos y amarillentos, con más balas que libras de lomo consumidas en el último mes y con más insultos que alientos en el subconsciente. Su motivo es el de los habitantes de un plano en el que el amor perdió el curso entre el rechazo y el abandono.

En el alma del hombre cuya identidad delata un pasado que podría ser el del cualquiera, había quizá una forma de sufrir que ese u otro día acabaría halando ese u otro gatillo. Ese día de hace no más de dos años, al alcance de su diestra hubo un arma que apuntar y en su mirada una persona cualquiera por escoger. En su mente tal vez lo invadía el desespero juvenil de una vida a la que no sabía cómo asignarle valor, y la sensación de poder sobre la vida de quien sería su objetivo: una vendedora de chance probablemente de su mismo barrio. Se le liberarían las ganas de imitar a otras heridas almas de su barrio, dejaría de ser invisible y al menos lo señalarían por algo que él hizo y no por una circunstancia que le es ajena: la de estar aquí, la de nacer con el estigma de llegar.

De la pequeña isla geográfica a la isla sensible, completa, enredada y bella. Dentro de una botella flota un mensaje que emerge desde una isla a la otra, Cuidado, el peligro viene de las profundidades. Es un código emocional de los instintos que se construye más rápido que una isla geográfica a punta de granitos de arena.

Con el disparo ese y con otros estallan la pólvora y también las iglesias de garaje, las prohibiciones, los prejuicios. Con el disparo se escuchan los gritos de todos, hierve el miedo que trae más miedo, y con el disparo emergen más islas invisibles, con el disparo me escondo en la mía y los faros se funden, los barcos naufragan.

Hay conmoción en este manto de ficciones y de símbolos, y más inquietante resulta que la isla geográfica no reacciona, quisiéramos a veces pero no se quiebra su casco por cada sembrado de concreto, ni se tiñe el color sedante del mar por cada descarga de rabia. En el archipiélago etéreo se aleja del primer plano la isla compasiva, cuánto amor se esfuma y se evita, se evade.

La isla geográfica no arma un acto de resistencia, no improvisa, no está separada de nadie, no tiene vocación vengativa, ni un código para la retaliación. La isla natural es una formación geológica, es la máquina, un cerebro en el arrecife infinito de la mente. En la isla caballito de mar confluimos todos, y todas las miradas, todas las patrias desdibujadas, las líneas de navegación, las aventuras y apuestas, las colonizaciones y las vidas, todas las vidas pasadas y las de este tiempo. Es una isla enorme.

La deriva rodea a las islas hechas pedazos. El hilo que las reúna será el de la compasión, el que se revele en el espejo, el hilo de la consciencia. El homicida es un humano en una prueba de supervivencia, él es por las reglas del naufragio en el que vive. No es él la isla real, aunque sin él no se teje el hilo.

El traficante, el que lava los dólares, el albañil, el gerente, el dueño, el pescador, los artistas, el desocupado, y ese del que todavía no se sabe. Nadie salta sin el otro. ¿Quién puede contener las ganas, la necesidad? Saltar de una isla a otra, dejar atrás el miedo, las caras rayadas de esta orilla que nos tocó.

La necesidad irresistible debería ser recrear a la isla más bella, representar al que es digno de habitarla. Es una isla simultánea a la del odioso desastre, ocurriendo en el mismo lugar y al mismo tiempo. Está ante las narices, se cuela entre los colores, es líquida, va y vuelve, se muestra, se esconde. Evitarla, y evitarse, por suerte y a la larga, es imposible. Cuando se abren los ojos por dentro, están esa expresión propia, ese joven, esa isla, y el Mundo.

El pasado no es un límite para la libertad, no se le destiñen por él los colores al paraíso, no se arrancan las costras de las heridas. Un continente y el archipiélago unificado se tejen desde esos trozos flotantes, permitiendo la maravilla ante la diferencia. Así se sonríen todas las caras, todas las islas, se rinden los ladrillos y las cercas y los instintos, no se necesitan mensajes en una botella, se arman todas las embarcaciones y navegan con los faros, se integra todo, se disuelve la división. El hombre joven sonríe, puede llorar sin miedo, por darse valor no hay víctimas fatales.

Nadie puede ni debería intentar resistirse a sí mismo, al flujo de todo lo que dentro de sí se contiene, a todas sus sangres. Todos podríamos, sí, tomar de aquello lo que construye y doblegar el impulso ciego que engaña al paso y corta los hilos. Un día despertaríamos a una isla no limitada por el miedo, sino a la riqueza que hay en la conexión y en el discernimiento: despertar a una Islacontinente.