Cochabamba, Bolivia

Las vueltas de la ola me llevaron a Cochabamba, un día de esos que coincidieron con las correrías del cierre de campaña de las presidenciales. El primer bloque para una idea concreta sobre Cochabamba lo puse desde la ventanilla del avión. En la aproximación se veía un grafiti improvisado, un poco despintado, pero bien grande, en azul, que decía Evo matón.

Después del descenso de la ciudad El Alto, a más de cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar, yo estaba agotada. Bajé al restaurante del hotel para almorzar. Quizás allá todavía almuerzan en hoteles cuatro estrellas con el televisor encendido en las noticias del mediodía, o de pronto esa era la elección de los meseros serios y carilargos. Casi todos los titulares tenían que ver con la reelección de Morales, con las aspiraciones de Carlos Mesa, y al final, con el rescate de un perro de la calle.

Evopolio, el juego de mesa más vendido en Bolivia. No sé si hay que decir más…

En cinco días de visita, las personas con las que hablé, las situaciones con las que me encontré, las publicidades políticas en esa, la tercera ciudad más grande del país, pedían a gritos un relevo. Incluso un juego de mesa como el Monopoly, el Evopolio, se juega siendo narcotraficante o corrupto, y propone la crítica al dominio de la presidencia. Segundo bloque. Incluso antes de llegar, por mis nervios sobre la altura en El Alto y por mi escala de cuatro horas, empecé a hablar con la pasajera al lado mío. No nos callamos en tres horas y media de vuelo, y al final, acabó hablándome sobre la justificación de Evo Morales Aima: es que la reelección es un derecho humano, reconocido a pedido propio en Bolivia por las altas cortes.

Esta semana el conteo de los votos se alargó durante tres días de suspenso. La tendencia exigiría, al menos, una segunda vuelta frente a Carlos Mesa, un candidato de la derecha; se reportaron irregularidades claras en al menos el 3% del conteo. El jueves Evo ya se daba por victorioso, y ayer, el Tribunal Supremo Electoral le reconoció la victoria en primera vuelta.

Según el paralizado Estado, Evo obtuvo dos millones 888 mil votos, frente a los dos millones 240 de Mesa.

Sobre la calle, al costado del Mercado Calatayud

Siempre que camino las calles a la deriva, escudriño en las miradas de las personas y veo una imagen refractaria. Esos reflejos me hacen trazar un vínculo que para mí no termina con la ausencia, porque cada bloque de esos que voy poniendo, me edifica también a mí misma como habitante de este mundo. Quise saber esta semana cómo estaba Cochabamba, cómo está esa ciudad llena de mujeres trabajadoras de todas las edades, llena de esquinas floridas y de esquinas polvorientas, de ambivalencias. En Santa Cruz, por ejemplo, cerraron el mercado participando en el Paro Nacional, convocado por centrales trabajadoras. En Cochabamba, el Calatayud, ese sobrecogedor mercado lleno de todo cuanto se le ocurra a una, sigue abierto, pero a medias. Los colegios particulares suspendieron clases, la gente no va por las calles, las vías principales están cerradas. Imagino el alboroto de los barrios populares de las lomas de Llajta, en la movilización de una gente con la que me costó comunicarme, en el cese de las vacilaciones, ante el riesgo de la dictadura.

“Evo dice que paros y protestas pueden impedir el pago del doble aguinaldo”, dice un titular de la prensa local.

Imagino ahora a mis amigos cochabambinos, yendo a Uyuni o a la Plaza 14 de Septiembre para manifestarse. O los imagino en sus casas, como a los muchos cristianos que no creen que esté en manos humanas intervenir por un cambio. Escucho las declaraciones de transeúntes en reportajes de la prensa internacional: en defensa de la democracia, en defensa del voto, en contra de la corrupción. Desconocemos al presidente, estamos en cabildo permanente.

Pienso a esta hora en lo que es la democracia, en que ha fallado. Pienso en cómo tiembla el Estado, en cómo tiene que temblar cuando la masa le retira la confianza. Porque eso es lo que pasa, no es desconfianza frente al gobierno, sino frente a todo el aparato que lo sostiene, que ha sido secuestrado por un sistema resiliente, que deja vestigios. Pienso en Chile y en Ecuador, en Nicaragua, en Venezuela, en Cataluña, Hong Kong, El Líbano.

Pienso en Haití. Quisiera poder pensar en Colombia. Quisiera pensar en mi isla.

Después del jet lag

Antes del jet lag no hay rutina, las horas les pertenecen a varios días, los cálculos se hacen en dos horarios y la atención disminuye, los párpados siempre pesan. Pero así viven muchos a diario, pienso. Acomodar el cuerpo a otras horas de luz para no conciliar el sueño apenas de madrugada, comer cereales y legumbres a la hora del desayuno y no tener notificaciones hasta la media tarde porque todos en tu huso horario envidias a quienes duermen; uno quiere, pero no debería, no puede, para finalmente abrirse el espacio en la agenda de otra parte.

Charles de Gaulle

Cuando, unos días después, ya no me engañan las ganas de salir, que al principio me dejan tirada por desgracia en calles poco interesantes de la ciudad que sea, puedo dejar de fantasear con escribir ciertas cosas y hacerlo, como escribo ahora, desde una esquina de la Potsdamer Platz, en un café en el que pagué nueve mil pesos por un té corriente de hierbabuena servido en un vaso de vidrio grande.

Estoy en el local bajo de uno de los edificios más altos de Berlín, intento trabajar. Un amigo me invitó en invierno a la terraza de su oficina, aquí mismo, en el piso treinta. Llegué tarde para ver la puesta de sol, pero hacia todos lados se distinguían todavía las formas delatoras de una división histórica, en una ciudad en la que todavía la gente cuenta si se crió en el este o en el oeste. No, no es que tenga mucho éxito, adaptada o no la mente. En vez de seguir intentando, prefiero distraerme con las niñas coreanas que interrumpen la tarde quieta en el café, o con los articulados amarillos que andan por la avenida que lleva el mismo nombre que la plaza. El nuevo centro de Berlín, que ya con este son tres. Con Kurfürstendamm en el oeste y Alexanderplatz en la parte que ocupó la Unión Soviética, esta plaza es el otro centro, el centro de la unificación, donde hace mucho tiempo se instaló el primer semáforo de esta capital.

A un kilómetro están la Puerta de Brandeburgo y la calle Unter den Linden. Sé que es cerca de un cruce con la Friedrichstraße, cerca de la librería Dussmann. Así pienso en encontrar otra vez ese sitio de hamburguesas veganas que me hizo el día llegando desde la Isla de los Museos, un jueves de inicios de abril que recordaré porque vi en el Neues Museum el mítico busto de Nefertiti.

Puede ser ingenuo pero se me aguaron los ojos entrando a la sala oscura y vigilada en la que el perfil de la reina. Me conmovieron su color, sus facciones delgadas y simétricas, su tamaño y su detalle en las vértebras cervicales. Sentí como si algo del mundo me hiciera partícipe de su invención de la belleza, en esa tarde lluviosa, mientras miraba una escultura bizca que solo hacía parte de mi imaginario de Humanidad desde las páginas de mis enciclopedias. Volveré. Por la hamburguesa y por la vista del busto.

Escuché por primera vez en vivo a la Berliner Philarmonie ese mismo día. No lo olvidaré ni por el hermoso edificio, entre el Reichstag y el Tiergarten, ni por la delicada interpretación de la Sinfonía no. 5 de Tchaikovsky. Fue un debut para el entonces aún director invitado de la orquesta filarmónica, Kirill Petrenko, un tipo joven que este verano asume formalmente la función. La primera interpretación será de la Sinfonía no. 9 de Beethoven. Cuando lo supe ya estaban agotadas las entradas, aunque mejor plan que verla y escucharla en la Philarmonie, será estar al día siguiente, cuando, al aire libre, en la Brandenburger Tor, los músicos ofrecerán la misma obra, con todo y coro. Es romántico: la orquesta, la más conmovedora, sensible y poderosa obra del de Viena; el corazón de Berlín, la cuádriga dorada, el aniversario de la unificación; y el director nuevo, ofreciendo un concierto abierto de verano.

No sé, siempre tuve una debilidad por esas cosas de la mal llamada alta cultura. Quizá porque las veía distantes, no en el mundo físico, sino en el mundo virtual; esas viñetas de la cultura europea, esos clásicos universales que toda persona corriente debería ser capaz de citar, podían ser la técnica para no enroscarme en la estrechez de un pueblo enclavado en sí mismo, un antídoto contra la isleñidad (que no llamaré insularidad, porque eso es otra cosa). De otro lado, quizá solo me gusten porque son bellas.

Hace unos dos años hubiera dicho, con tono imperturbable, que me habitaban esas viñetas porque mi óptica es la de la periferia. Diría esa versión mía que Berlín o Londres o París resultarían interesantes por ser metrópolis, por ser cuñas del pensamiento de la modernidad; porque el currículo educativo que tuve que tragarme y los paradigmas de todos mis espacios, fueron pensados desde aquí primero.

Es un jet lag fuerte. En realidad, aquí es tan interesante como el Caribe. Eso es. Debo superar los debates binarios entre la colonia y la metrópoli, superar la diferencia desde la era de la tecnología y decir, por qué no, que lo que me interesa de esas muestras romantizadoras de la vida europea es, simplemente, que motivan una experiencia diferente de mí misma. Puedo decir que liberan, tanto como lo hizo regresar de México al Caribe, tanto como fue salir de una isla hacia la Cordillera Central, hacia sus paisajes.

Todo viene con la rutina; dormir y escribir en estas largas horas de luz. No. Nada viene con la rutina. Debo salir, escribir desde los cafés, distraerme con ejecutivos japoneses que gritan por el teléfono hacia otro huso horario, con una nigeriana que me aborda y me pregunta en alemán si vengo de Brasil.. Debo distraerme, no dormir.

Sobre Los cristales de la sal

Desde abril están allá afuera Los cristales de la sal, mi primera novela y con esta sección quiero mantener un registro compartido de cómo han sido sus primeros meses, en los que la novela tiene sus propios caminos y en los que yo me encuentro en el proceso de soltar ese relato. Comenzaré por eso, que es lo que se me ocurre ahora cada noche, y a primera hora en la mañana.

Mucho y muy bello se ha escrito ya sobre publicar. Antes de que yo soñara con eso, con tener una agenda de varios meses de presentaciones y recibir uno que otro mensaje de parte de lectores, sentí una desazón honda, un fastidio, pero también una liberación. Una muerte pequeña, con sus duelos y sus placeres. Era mayo del 2018 y yo pensaba que había terminado un manuscrito de novela, que había dejado el alma en una ficción que contenía todo lo que me quitaba el aliento y que fui capaz de articular entonces, con el tiempo que tenía. La vida me puso dos fechas límite: el cierre de la convocatoria para el Premio Elisa Mújica, y la agonía de mi abuela materna.

La realidad es que no lo había terminado, habría que hacerle algunos ajustes para que estuviera listo, debía pasar por los ojos de mi editora, Salomé Cohen, por la corrección de estilo y por varias miradas más. Pero yo tenía que mantener mi palabra, había prometido en Barranquilla, en la sobriedad del jueves después de Carnaval, participar en esa convocatoria como mejor pudiera, así que en Los cristales de la sal se vertieron a manotazos mis dudas y mis angustias, que resultan quizá hiladas de forma diferente, pero que no son muy lejanas a las de cualquier otro sanandresano o providenciano.

De esa promesa sagrada nació luego el premio, siete meses después, una cosa que ha cambiado mi vida. Suena cursi, pero no lo es: esas situaciones que “cambian la vida” son las que la proyectan, las que encausan el juego de roles con un propósito de servicio. Y ser sanandresana siempre ha sido para mí, a veces sin saberlo, motivo de lágrimas y de soledad, ser nativa de ese paisaje que engaña a la razón es una encrucijada, una tragedia en sí misma. Siempre habrá que escoger entre abandonar el nacimiento de la belleza y quedarse a atestiguar su agonía, perplejos, como testigos con bozal y maniatados.

Eso quería cuando escribía en esos días y noches de abril y de mayo, que alguien sintiera el desespero y la llenura de una isleña, que se entendieran los excesos a los que nos abocamos, que se entendiera lo mucho que aborrecemos la realidad que nos tragó dormidos. Por eso publicar ha sido valioso, quizás en el futuro pueda dejar de escribir de esos tantos dramas nuestros, quizá pueda convertirme en una escritora de otra voz, o simplemente transformar mis motivos caribeños en motivos universales, tocando los dilemas esenciales de la experiencia humana. Por ahora, sin embargo, mi ambición era soltar esa obsesión, esa repetidera en la que incurría en las columnas de opinión que escribía, el concierto de quejas al volver, al quedarse y al largarse, la romantización de las luchas y la esperanza perdida.

A pesar del breve duelo y del breve placer, no creo por mucho que haya superado aún ese momento, el momento de Los cristales de la sal. Esa es una historia llena de realidad y de magia, también, porque a veces sigue siendo la magia lo que nos permite respirar hondo y encontrar luz. Porque, a pesar de que es una novela que peca de exceso, que tiene muchísimos motivos, me pulsan todavía muchos de sus planteamientos. Dentro de mis proyectos por venir, hay un conjunto de relatos sobre algunos personajes o situaciones que viven en las páginas de la novela y que me ayudarán a seguir soltando la confusión, a gritar más bello, a seguir hablando, desde otras voces, de la isla que me obsesiona.

Un borracho, la barracuda y el diablo

UN BORRACHO, LA BARRACUDA, Y EL DIABLO

Alguno de esos visitantes seguro tomó demasiado. Seguro iba en uno de esos grupos de turistas que visten ropas fosforescentes, será para no perderse, las mujeres con cangas en el cabello y los hombres con gorras de algún club de fútbol en particular, verde, rojo, azul, da igual. Todavía no se usaba la moda de las camisetas impresas con los apellidos de la familia. Llegaron al Cañón de Morgan ya desaparecido. Se reabastecieron en alguno de los almacenes de por ahí. Increíble, la cerveza de a litro es más barata que el agua, increíble, hermano, hágale, cómprese dos para destapar ahorita, hay que pasar este whisky… 

El tour era errático. Tal vez hicieron un hueco, una y otra vez por las mismas calles, viendo a ver qué otros dulces podían empacarse. La cerveza, vuelta a vuelta, parecía menos y menos cara. Ya la niña del almacén los miraba de reojo. En una de esas la hinchazón de los pies, y de la cabeza, los llevó a detenerse en la estatua de un pez. No, hermano, no es un tiburón. ¿Dónde dice lo que es, por qué está aquí…? Se parece al pescado grande que casi mata al papá de Nemo en la película. El mareo de la cerveza polaca con más de siete grados de alcohol, la efervescencia entre los gritos de los amigos, Juanita que se ve más buena que nunca, seguramente esta noche en la playa por fin se va a atrever a llegarle. En la oficina el traje lo cohíbe, la corbata le aprieta, las palabras no salen. ¿Qué hago para que Juanita me vea? Carajo. Soy el alma de la fiesta. Me lo imagino a esta víctima del sistema decidiendo su curso de acción, en un momento de elección imperceptible y muy difícil de ubicar, entre el instante en el que estaban unos sentados y otros de pie alrededor del pescado, ya mueco así que ni modo de arrancarle un diente más, y la recreación caribeña de la acción de montar. Montarlo. Parce, ayúdeme…

En la lucha contra la bestia horrenda las porras le decían que aguantara, en el calor del duelo se quitó la camiseta para usarla como fuste, su equipo de cómplices mareaba al pescado para aumentar el reto, Juanita miraba, la escena se adornó de la precipitación de la grasa abdominal del personaje al agitar el brazo. Su entrepierna dolía. Ninguno de los dos pudo más, ni él mostrar su hombría por encima de su estupidez, ni la Barracuda aguantar tantos abusos. Me rindo, dijo. El grupo evadió la escena tan rápido como pudieron entre los tropiezos de la prenda. Nadie había visto nada. Abajo, sin romperse en pedazos, pero mamada, La Barracuda claudicó.

En realidad no he podido recoger mejores detalles sobre el incidente que los que me brinda la imaginación. Si el protagonista está leyendo, le pido que me perdone. No puedo más que fantasear ante una de estas grandes ironías de la vida. Me cuesta pensar en qué otra cosa aparte de encender la creatividad, puede generar que un divorcio tan grande, como el de la comunidad nativa y la horda insensata de visitantes ignorantes, haya terminado finalmente por convertirse en un florero de Llorente. La gota que rebasó la copa fue el acuerdo verbal que se hizo entre la Gobernación y el vocero de parte de la causa raizal.

Tremendo pensar que un turista inocente haya desempotrado un monumento que representaba una zona y una parte de la historia de la isla de San Andrés, y el reto para la conciliación ahora sea que ese lugar debe destinarse a la generación de una memoria diferente. Que no se me malentienda. Defiendo pasionalmente la representación de la memoria de las diferentes comunidades que integran los habitantes de mi querida isla, pero descalifico desde mi derecho de hacerlo, por ser nacida y tener arraigo generacional, cultural y emocional, con esta tierra, que ese derecho se reclame con base en argumentos excluyentes y estáticos.

Tan sencillo como decir que un monumento de un pez es un símbolo que atenta contra las instituciones religiosas y la estructura de las creencias del pueblo nativo. Es una posición respetable, admisible porque todas las posiciones y opiniones lo son, pero esta, que es una oportunidad para abrir un debate más grande sobre la ausencia de símbolos de la historia propia de esta tierra, se ha enajenado en la voz de la radicalización y la exclusión.

Pesar, solamente, queda tras la triste historia de otro burdo visitante. Nadie le dijo ni siquiera cuál era la historia del tal pescado. La imagen de un intendente foráneo, el último, Simón González, paisa, el primer gobernador elegido popularmente en el Archipiélago, reposa en el símbolo del mundo que él creó a partir de un poema, y de La Barracuda, de los ojos verdes y las lágrimas azules, que reinaba el Mar de los Siete Colores. Ahora, que Simón era un brujo, y que por eso el aeropuerto de la isla hermana se llamó El Embrujo. ¡Por Alá! Si es que bajarse de la avioneta es perder el aliento ante una belleza exagerada. Dar una mirada de tres sesenta es perder el norte de la vida propia y querer dejarlo todo, para siempre en la atrapante Providencia.

Este asunto no me deja dormir. Pienso en que el infeliz turista le dio una opción al pueblo raizal de abrir un debate necesario. Pienso que el pueblo raizal tiene que defender sus símbolos y presionar para que esos símbolos sean representados. Es un mensaje muy peligroso de radicalización y de exclusión, defender dicho ejercicio que todo pueblo requiere, desde algún discurso que incluya al diablo. El diablo en sí mismo es excluyente, y además muy poca gente se acuerda de él. A las tres de la mañana sigo sin poder dormir. Pienso en el providenciano Francis Newball.

Me recreo en esos tiempos de 1900 cuando Newball era representante a la Asamblea de Bolívar, y en todas las labores que tuvo que hacer para gestionar la creación de la Intendencia Nacional, en las presiones de ser un activista en esa época y en este lugar. Newball es un héroe de nuestra historia. Todos, hasta los que aman La Barracuda, y aun los que no entienden la polémica que hoy congrega a muchas personas a rezar para la rendición de esta imagen del demonio, convivimos bajo este cielo con la responsabilidad de crear una identidad como sanandresanos. Pero con el diablo en medio no se puede. Al fin me duermo. La Luna creciente se asoma por mi ventana. Nos cubre el mismo cielo, la misma condena.

Islacontinente

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Soy de esa isla y en esa isla caemos en el engaño de confiar en la geografía como determinante del tamaño, de las posibilidades. Pero un sitio de nacimiento y todo lo que contiene no es un cruce de coordenadas. Así, plana y fría, esa isla es pequeña y simple, es aburrida y limitada. Es igual lo que le pasa al continente, ese recipiente en el que cabe todo pero que cambia de contenido de un sujeto a otro; parece inabarcable y sus dolores y sus protagonistas y sus circunstancias son innumerables.

Escribo pensando en los instintos y en sus dictados y en los dictados del contexto. Escribo y pienso que no somos tan pequeños como nos vemos.

Pienso en estas cosas recordando a un joven de dieciséis años que le disparó en la cabeza a una completa desconocida. Era el fogón del mediodía en una calle bullosa en el centro de San Andrés, en la Punta Norte de una isla que se divide entre colores y ascendencias, en una isla en la que el pasado es una cita constante del presente, una credencial, un pase de validación.

Escuchar el disparo, escuchar los gritos. Correr y luego detenerse. Su objetivo no era escapar. Era hablar y tirar la plena, era mostrarnos una cara externa del dolor que nos habita. Eso fue, le dijo al agente de la cuestionada autoridad: quería que supieran que yo tengo existo y que dispongo de mi voluntad. Quería demostrar que podía, que no es mucho para mí decidir, hacer un movimiento con el índice, causar miedo, ver la sangre.

El único móvil del joven era venir de un barrio olvidado, lamento yo mientras lo describo a él con sus ojos esquivos y amarillentos, con más balas que libras de lomo consumidas en el último mes y con más insultos que alientos en el subconsciente. Su motivo es el de los habitantes de un plano en el que el amor perdió el curso entre el rechazo y el abandono.

En el alma del hombre cuya identidad delata un pasado que podría ser el del cualquiera, había quizá una forma de sufrir que ese u otro día acabaría halando ese u otro gatillo. Ese día de hace no más de dos años, al alcance de su diestra hubo un arma que apuntar y en su mirada una persona cualquiera por escoger. En su mente tal vez lo invadía el desespero juvenil de una vida a la que no sabía cómo asignarle valor, y la sensación de poder sobre la vida de quien sería su objetivo: una vendedora de chance probablemente de su mismo barrio. Se le liberarían las ganas de imitar a otras heridas almas de su barrio, dejaría de ser invisible y al menos lo señalarían por algo que él hizo y no por una circunstancia que le es ajena: la de estar aquí, la de nacer con el estigma de llegar.

De la pequeña isla geográfica a la isla sensible, completa, enredada y bella. Dentro de una botella flota un mensaje que emerge desde una isla a la otra, Cuidado, el peligro viene de las profundidades. Es un código emocional de los instintos que se construye más rápido que una isla geográfica a punta de granitos de arena.

Con el disparo ese y con otros estallan la pólvora y también las iglesias de garaje, las prohibiciones, los prejuicios. Con el disparo se escuchan los gritos de todos, hierve el miedo que trae más miedo, y con el disparo emergen más islas invisibles, con el disparo me escondo en la mía y los faros se funden, los barcos naufragan.

Hay conmoción en este manto de ficciones y de símbolos, y más inquietante resulta que la isla geográfica no reacciona, quisiéramos a veces pero no se quiebra su casco por cada sembrado de concreto, ni se tiñe el color sedante del mar por cada descarga de rabia. En el archipiélago etéreo se aleja del primer plano la isla compasiva, cuánto amor se esfuma y se evita, se evade.

La isla geográfica no arma un acto de resistencia, no improvisa, no está separada de nadie, no tiene vocación vengativa, ni un código para la retaliación. La isla natural es una formación geológica, es la máquina, un cerebro en el arrecife infinito de la mente. En la isla caballito de mar confluimos todos, y todas las miradas, todas las patrias desdibujadas, las líneas de navegación, las aventuras y apuestas, las colonizaciones y las vidas, todas las vidas pasadas y las de este tiempo. Es una isla enorme.

La deriva rodea a las islas hechas pedazos. El hilo que las reúna será el de la compasión, el que se revele en el espejo, el hilo de la consciencia. El homicida es un humano en una prueba de supervivencia, él es por las reglas del naufragio en el que vive. No es él la isla real, aunque sin él no se teje el hilo.

El traficante, el que lava los dólares, el albañil, el gerente, el dueño, el pescador, los artistas, el desocupado, y ese del que todavía no se sabe. Nadie salta sin el otro. ¿Quién puede contener las ganas, la necesidad? Saltar de una isla a otra, dejar atrás el miedo, las caras rayadas de esta orilla que nos tocó.

La necesidad irresistible debería ser recrear a la isla más bella, representar al que es digno de habitarla. Es una isla simultánea a la del odioso desastre, ocurriendo en el mismo lugar y al mismo tiempo. Está ante las narices, se cuela entre los colores, es líquida, va y vuelve, se muestra, se esconde. Evitarla, y evitarse, por suerte y a la larga, es imposible. Cuando se abren los ojos por dentro, están esa expresión propia, ese joven, esa isla, y el Mundo.

El pasado no es un límite para la libertad, no se le destiñen por él los colores al paraíso, no se arrancan las costras de las heridas. Un continente y el archipiélago unificado se tejen desde esos trozos flotantes, permitiendo la maravilla ante la diferencia. Así se sonríen todas las caras, todas las islas, se rinden los ladrillos y las cercas y los instintos, no se necesitan mensajes en una botella, se arman todas las embarcaciones y navegan con los faros, se integra todo, se disuelve la división. El hombre joven sonríe, puede llorar sin miedo, por darse valor no hay víctimas fatales.

Nadie puede ni debería intentar resistirse a sí mismo, al flujo de todo lo que dentro de sí se contiene, a todas sus sangres. Todos podríamos, sí, tomar de aquello lo que construye y doblegar el impulso ciego que engaña al paso y corta los hilos. Un día despertaríamos a una isla no limitada por el miedo, sino a la riqueza que hay en la conexión y en el discernimiento: despertar a una Islacontinente.

Paña o raizal

Soy sanandresana, hija de continentales, y soy raizal, paña, y árabe. Creole, costeña, latina. Por mis venas fluye la migración. Mi abuela es isleña, mi tatarabuelo es jamaiquino, y un par de generaciones más atrás, llegaron mis padres y mis madres de Irlanda y otro puñado de algún lugar de África Occidental. Tengo bisabuelos que huyeron de Palestina, en una diáspora horrible y sangrienta. A todos nos recibió el Caribe.

¿Y a quién le debería importar? Hemos viajado desde siempre. Me atrevo a hablar en la primera persona del plural, porque veo que los logros raizales han tocado fibras sensibles del sistema socioeconómico y que existe la voluntad de levantarse en un discurso identitario de reacción. En general, pienso que ningún discurso identitario debe ser utilizado para favorecer los intereses económicos de pocos. Ni paña ni raizal, isleños, dice el discurso. Los entiendo a todos, pero entonces, ¿de quién es la isla?

La isla es de todos los que aman a la isla, he escuchado. Yo pienso que más bien deberíamos preguntarnos, ¿qué es San Andrés? ¿Alguien la conoce? Un profesor me enseñó temprano que para amar hay que conocer. Esta isla ha acogido al que llega a sus sabores, a su pasado afrocaribeño y europeo, a su amalgama étnica, a su ya descubierto proceso cultural, que sigue, como todo en este Universo, en cambio constante.

No se trata de amar solo lo que la isla ha permitido, de apegarse a la comodidad propia. Se trata de amar también las necesidades, de amar las consecuencias, de pagar con gusto el precio que conlleva el beneficio por la ventaja personal. Podría, no sin ganarme malas vibras, citar muchos casos en los que la destrucción del patrimonio natural ha nutrido las cuentas bancarias de pocos. Es doloroso e injusto que los costos de la avaricia los asumamos todos.

Los raizales llegamos de algún otro lado, también, pero en un momento en el que necesario desarrollarse en armonía con el entorno, con el Archipiélago completo, con el territorio y con el maritorio, con los ciclos de sus habitantes animales, con las corrientes y mareas, y desarrollamos también un lenguaje para comunicarnos entre nosotros. Quienes desembarcaron con la ventaja del comercio capitalista nunca aprendieron nada de eso, aunque ese fuera siempre el único saber sostenible, clave para la supervivencia.

Cada quien tiene su drama. La migración colombiana, favorecida sí por el Estado en una estrategia nada original, que data de una orden del virreinato a la gobernación de Cartagena en 1792, también tiene su drama. Es muy difícil sacar lo mejor de la naturaleza propia donde las miradas te dicen que eres indeseable, y donde ni siquiera la educación ha tenido la respuesta porque los currículos siguen ocultando la verdadera historia.

Me gusta pincharles los globos a los soñadores de la expulsión. Aunque es necesario hacer cumplir la ley, detrás de los expulsados de hoy vendrán otros migrantes, y los isleños ya somos demasiados para el grado de corrupción de la isla, que la ha dejado sin infraestructura. Si la gente migra desde India y Tailandia hasta Estados Unidos aún hoy en día, atravesando océanos, vendiendo riñones por la promesa de un futuro mejor, aquí no van a dejar de llegar personas de una costa a 500 kilómetros de distancia.

Veo que los continentales caemos en la reacción contra un pueblo que a punta de resistencia ha conquistado algo que merece: reconocimiento, memoria, reivindicación, autonomía. Es cierto que el discurso raizal debe actualizarse abandonando el tono condenatorio y la división, pero no debe ser enfrentado cuestionando la legitimidad de sus motivaciones, debe ser más bien estudiado, renovado y fortalecido.

Hay que atreverse a cooperar para buscar modelos socioeconómicos que motiven la distribución de la riqueza y las oportunidades, y al saneamiento de la corrupción, que es el origen invisible de la presión y el estrés que sufren pañas, raizales, turcos y champes por igual. Cualquier otra forma de abordar este problema, que no es de identidad, es una pérdida de tiempo.

Me atrevo a afirmar categóricamente que no existe otra solución, ni en el mediano ni en el largo plazo, que la mediación y el sacrificio. Es momento de señalamientos, pero ante el espejo.

De todas formas, soy consciente del Mundo en el que vivo, y concluyo con tranquilidad que sólo una catástrofe que reparta males en todos los niveles y a todos los colores, puede abonar el terreno para sembrar de nuevo. La Historia oficial tiene varias guerras como ejemplo, varios desastres naturales, varias persecuciones, inquisiciones… Los egos y la corrupción del liderazgo local no caben ni en el espacio aéreo de este Archipiélago, y el ser humano es el único animal que aprende solo a los trancazos. Quisiera estar equivocada. Peace out.

Por ahora nadie más ha tenido las herramientas y la voluntad para resistir a las amenazas de fondo: el agotamiento de los recursos y el problema del petróleo.

(Editado a partir de una columna publicada en 2017 en el periódico en línea elisleño.com)