Sobre Los cristales de la sal

Desde abril están allá afuera Los cristales de la sal, mi primera novela y con esta sección quiero mantener un registro compartido de cómo han sido sus primeros meses, en los que la novela tiene sus propios caminos y en los que yo me encuentro en el proceso de soltar ese relato. Comenzaré por eso, que es lo que se me ocurre ahora cada noche, y a primera hora en la mañana.

Mucho y muy bello se ha escrito ya sobre publicar. Antes de que yo soñara con eso, con tener una agenda de varios meses de presentaciones y recibir uno que otro mensaje de parte de lectores, sentí una desazón honda, un fastidio, pero también una liberación. Una muerte pequeña, con sus duelos y sus placeres. Era mayo del 2018 y yo pensaba que había terminado un manuscrito de novela, que había dejado el alma en una ficción que contenía todo lo que me quitaba el aliento y que fui capaz de articular entonces, con el tiempo que tenía. La vida me puso dos fechas límite: el cierre de la convocatoria para el Premio Elisa Mújica, y la agonía de mi abuela materna.

La realidad es que no lo había terminado, habría que hacerle algunos ajustes para que estuviera listo, debía pasar por los ojos de mi editora, Salomé Cohen, por la corrección de estilo y por varias miradas más. Pero yo tenía que mantener mi palabra, había prometido en Barranquilla, en la sobriedad del jueves después de Carnaval, participar en esa convocatoria como mejor pudiera, así que en Los cristales de la sal se vertieron a manotazos mis dudas y mis angustias, que resultan quizá hiladas de forma diferente, pero que no son muy lejanas a las de cualquier otro sanandresano o providenciano.

De esa promesa sagrada nació luego el premio, siete meses después, una cosa que ha cambiado mi vida. Suena cursi, pero no lo es: esas situaciones que “cambian la vida” son las que la proyectan, las que encausan el juego de roles con un propósito de servicio. Y ser sanandresana siempre ha sido para mí, a veces sin saberlo, motivo de lágrimas y de soledad, ser nativa de ese paisaje que engaña a la razón es una encrucijada, una tragedia en sí misma. Siempre habrá que escoger entre abandonar el nacimiento de la belleza y quedarse a atestiguar su agonía, perplejos, como testigos con bozal y maniatados.

Eso quería cuando escribía en esos días y noches de abril y de mayo, que alguien sintiera el desespero y la llenura de una isleña, que se entendieran los excesos a los que nos abocamos, que se entendiera lo mucho que aborrecemos la realidad que nos tragó dormidos. Por eso publicar ha sido valioso, quizás en el futuro pueda dejar de escribir de esos tantos dramas nuestros, quizá pueda convertirme en una escritora de otra voz, o simplemente transformar mis motivos caribeños en motivos universales, tocando los dilemas esenciales de la experiencia humana. Por ahora, sin embargo, mi ambición era soltar esa obsesión, esa repetidera en la que incurría en las columnas de opinión que escribía, el concierto de quejas al volver, al quedarse y al largarse, la romantización de las luchas y la esperanza perdida.

A pesar del breve duelo y del breve placer, no creo por mucho que haya superado aún ese momento, el momento de Los cristales de la sal. Esa es una historia llena de realidad y de magia, también, porque a veces sigue siendo la magia lo que nos permite respirar hondo y encontrar luz. Porque, a pesar de que es una novela que peca de exceso, que tiene muchísimos motivos, me pulsan todavía muchos de sus planteamientos. Dentro de mis proyectos por venir, hay un conjunto de relatos sobre algunos personajes o situaciones que viven en las páginas de la novela y que me ayudarán a seguir soltando la confusión, a gritar más bello, a seguir hablando, desde otras voces, de la isla que me obsesiona.

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